Muchas personas viven con una sensación constante de distancia emocional respecto a los demás. Les cuesta abrirse, compartir lo que sienten o piensan, confiar. Desde fuera, a veces se interpreta como frialdad, desinterés o incluso soberbia. Sin embargo, detrás de esa dificultad para vincularse casi siempre hay una historia, una herida y un mecanismo de protección que en su momento fue necesario para sobrevivir emocionalmente.
La desconfianza no aparece de la nada. No es un rasgo de personalidad innato ni una elección consciente en la mayoría de los casos. Suele ser la consecuencia de experiencias previas de daño emocional: traiciones, rechazos, abandonos, humillaciones o relaciones en las que la vulnerabilidad fue castigada. Cuando una persona ha sufrido lo suficiente, el cerebro —cuya función principal es protegernos— aprende una lección muy clara: confiar duele. Y como no quiere que volvamos a experimentar ese dolor, pone en marcha un mecanismo de defensa muy eficaz: desconfiar de todos.
Desde un punto de vista adaptativo, esta estrategia funciona. Si no confío, no me expongo. Si no me expongo, no me hieren. Y, efectivamente, la persona deja de sufrir en el sentido más inmediato: ya no vuelve a sentirse traicionada, ya no experimenta decepciones profundas, ya no se enfrenta al miedo de que le rompan el corazón. El problema es que este mecanismo no distingue. No se activa solo ante personas potencialmente dañinas, sino ante cualquiera que intente acercarse. El cerebro no selecciona; generaliza. Y en esa generalización, no solo se bloquea el dolor, sino también el amor, la intimidad, la conexión y la posibilidad de relaciones auténticas.
Así, la persona queda atrapada en una paradoja emocional muy dolorosa: desea vincularse, sentirse comprendida, acompañada, querida, pero al mismo tiempo es incapaz de permitírselo. Quiere, pero no puede. Siente, pero no se deja sentir. Esto genera una gran frustración interna, una sensación de impotencia y, en muchos casos, una soledad profunda que no siempre se reconoce de forma consciente. Desde fuera puede parecer autosuficiencia, pero por dentro suele haber un conflicto constante entre el deseo de acercarse y el miedo a hacerlo.
Cuando ocurre esto, es fundamental dejar de poner el foco exclusivamente en los demás y dirigirlo hacia uno mismo. La dificultad para confiar rara vez tiene que ver con que “todo el mundo sea malo” o con que “nadie merezca la pena”. Más bien suele estar relacionada con una autoestima herida. Cuando la autoestima está dañada, la persona se siente emocionalmente vulnerable, frágil, poco capaz de sostener otro golpe. La exposición emocional se vive como un riesgo enorme, porque las consecuencias de un posible rechazo o traición se perciben como devastadoras.
Por eso, la desconfianza no es tanto un problema de los otros, sino una forma de autoprotección frente al propio dolor. Entender esto es clave para iniciar cualquier proceso de cambio. No se trata de forzarse a confiar ni de lanzarse a relaciones sin cuidado. Tampoco de culpabilizarse por ser así. Al contrario: es importante adoptar una mirada cariñosa hacia uno mismo, comprender que ese mecanismo de defensa apareció por una razón y reconocer que, durante mucho tiempo, probablemente hizo muy bien su trabajo.
Agradecer ese mecanismo es un paso esencial. Gracias a él, la persona sobrevivió emocionalmente cuando no tenía otras herramientas. Gracias a esa desconfianza, pudo seguir adelante sin derrumbarse. Sin embargo, lo que fue útil en un momento de la vida puede convertirse en un obstáculo en otro. Llega un punto en el que protegerse de todo implica renunciar a demasiado. Renunciar a la posibilidad de construir vínculos sanos, a la intimidad emocional y a la experiencia de sentirse realmente acompañado.
Retirar o transformar este mecanismo de defensa no es sencillo y, en la mayoría de los casos, requiere un trabajo personal profundo, muchas veces acompañado de terapia. No se trata de eliminar la prudencia ni de confiar ciegamente, sino de desarrollar una confianza más flexible, más consciente, que permita abrirse poco a poco, con criterio, aceptando que el riesgo existe. Porque sí, confiar implica asumir que nos pueden hacer daño. Pero también implica aceptar que no todas las personas dañan, y que el dolor, aunque posible, no siempre es inevitable ni insuperable.
Aprender a confiar de nuevo es, en el fondo, un acto de valentía y de amor propio. Es decirse a uno mismo: “Hoy tengo más recursos que antes. Hoy puedo sostener lo que venga”. Y desde ahí, permitirse volver a conectar, sabiendo que la verdadera protección no está en cerrarse al mundo, sino en fortalecerse por dentro.