Squirtle y las heridas del abandono

En la serie Pokémon, Squirtle aparece inicialmente como el líder del famoso Escuadrón Squirtle: un grupo de pequeños Pokémon que se dedica a hacer travesuras, causar problemas y sembrar el caos allá por donde pasa. A primera vista parecen rebeldes, desafiantes y hasta agresivos. La agente Mara incluso los define directamente como “malos”. Pero muchas veces, en la vida real y también en las historias, lo que parece maldad es dolor disfrazado.

Porque detrás de ese Squirtle desafiante hay una historia de abandono.

La historia cuenta que Squirtle y su grupo fueron abandonados por sus cuidadores cuando estaban enfermos y necesitaban ayuda. Y eso deja una herida enorme. El abandono no es simplemente que alguien se vaya. Para un niño, para un adolescente o para cualquier persona en desarrollo, el abandono transmite un mensaje mucho más profundo: “No fui suficientemente importante para que se quedaran”, “No merezco cuidado”, “No soy digno de amor”.

Y esas heridas rara vez se quedan quietas. Buscan formas de protegerse.

Lo curioso es que muchas personas dañadas hacen exactamente lo contrario de lo que uno esperaría. No aparecen llorando, pidiendo ayuda o mostrando su vulnerabilidad. Aparecen fuertes. Duras. Frías. Desafiantes.

Porque mientras más fuertes queramos parecer, muchas veces más frágiles nos sentimos por dentro.

Squirtle se presenta al mundo como alguien al que no le importa nada. Es líder, desafiante, insolente y parece no necesitar a nadie. Pero precisamente esa dureza puede entenderse como una defensa. Porque cuando alguien ha sido herido profundamente, mostrar dolor puede sentirse peligroso.

Si me abandonaron una vez cuando estaba necesitando ayuda, ¿qué me garantiza que no volverán a hacerlo?

Entonces aparece la coraza.

Y en Squirtle la metáfora es casi perfecta porque literalmente lleva un caparazón sobre su cuerpo. Los caparazones sirven para proteger. Mantienen alejados los golpes y reducen el daño. Pero también tienen un precio: dificultan mostrar lo que hay dentro.

Muchas personas con heridas de abandono desarrollan sus propios caparazones invisibles. Algunos se vuelven excesivamente independientes: “No necesito a nadie”. Otros se muestran agresivos: “Te hago daño antes de que tú me lo hagas”. Otros parecen indiferentes: “Me da igual”. Pero muchas veces ninguna de esas frases es completamente cierta.

Debajo suele existir alguien que está diciendo algo muy distinto:

“Tengo miedo de volver a sufrir.”

El Escuadrón Squirtle también presenta otro elemento interesante: las travesuras constantes y la ausencia de límites.

Corren, molestan, rompen cosas y desafían continuamente las normas. Y esto puede recordar algo que vemos con frecuencia en algunos niños y adolescentes que han vivido experiencias difíciles: la dificultad para distinguir qué está bien y qué está mal.

Los límites no son simplemente reglas para controlar a alguien. Son una estructura emocional. Son una especie de mapa que ayuda a entender el mundo.

Cuando un niño crece con adultos que le cuidan y ponen límites consistentes, aprende algo importante: hasta dónde puede llegar, qué consecuencias tienen sus actos y qué esperar de los demás.

Pero cuando esos adultos fallan, desaparecen o abandonan, ese mapa puede quedar incompleto.

No es raro entonces que aparezcan conductas impulsivas, provocadoras o desafiantes. No porque exista maldad dentro de ellos, sino porque faltó alguien que ayudara a construir ese marco.

A medida que avanza el episodio aparece otro aspecto muy característico de las heridas por abandono: la desconfianza.

Squirtle no confía en los humanos.

Y tiene sentido.

Su experiencia previa le enseñó que quienes debían protegerle terminaron haciéndole daño. Así que su cerebro hace algo bastante lógico: generaliza la amenaza.

Muchas personas hacen algo parecido. El niño que fue traicionado por sus padres puede desconfiar de los adultos. La persona que sufrió una relación dañina puede desconfiar de nuevas parejas. Quien fue rechazado puede interpretar que todos terminarán marchándose.

El problema es que el cerebro traumatizado no pregunta: “¿Esta persona es igual?”

Pregunta: “¿Y si vuelve a pasar?”

Y desde ahí intenta proteger.

Pero entonces ocurre algo importante en la historia.

Ash aparece.

Y lo más interesante es que Squirtle no empieza a confiar porque Ash le diga palabras bonitas o porque le prometa que nunca le hará daño. Empieza a confiar observando.

Ve cómo Ash cuida a Pikachu.

Ve cómo se preocupa por él.

Ve cómo arriesga incluso su propia vida por salvar a Squirtle.

Y eso cambia algo.

Porque los traumas no suelen curarse únicamente escuchando: “No todos son iguales”. Necesitan experiencias nuevas que contradigan las antiguas heridas.

Squirtle empieza a descubrir algo que probablemente había olvidado:

Que no todos los humanos son como aquel cuidador que lo abandonó.

Que existen personas que se quedan.

Que existen personas que protegen.

Que existen personas que cuidan incluso cuando las cosas se complican.

Y ahí el caparazón empieza a relajarse.

No desaparece de golpe. Las heridas profundas rara vez lo hacen. Pero comienza a abrirse una pequeña grieta por donde vuelve a entrar algo que el abandono había robado: la confianza.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más bonitas de Squirtle. Muchas veces detrás de las personas que parecen más difíciles, más duras o más desafiantes no hay alguien malo.

Hay alguien herido.

Alguien que aprendió a sobrevivir construyéndose un caparazón.

Y a veces, lo que empieza a curar ese dolor no es insistir en romperlo.

Es demostrar, con tiempo y con hechos, que ya no necesita esconderse dentro de él.

 

Squirtle y las heridas del abandono

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