En consulta y en el ámbito educativo se repite una situación cada vez más frecuente: un hijo o hija adolescente presenta a su pareja a los padres y estos, por distintos motivos, sienten rechazo hacia ella. Esto, en sí mismo, no es un problema. Es completamente comprensible que a los padres no siempre les guste la persona con la que su hijo decide relacionarse, especialmente en la adolescencia, una etapa marcada por la exploración, el ensayo-error y la construcción de la identidad.
El verdadero conflicto aparece cuando ese desagrado se transforma en prohibición, control y descalificación. Padres que impiden ver a la pareja, que hablan mal de ella delante de su hijo, que castigan para evitar encuentros, que discuten constantemente por este motivo y que, en medio del enfado, terminan diciendo palabras muy duras. Lo que muchas veces no se tiene en cuenta es el impacto profundo que todo esto tiene en el vínculo familiar y en el mundo emocional del adolescente.
La relación padres-hijo se resiente
Cuando un adolescente siente que sus gustos, decisiones y sentimientos no son respetados, el mensaje que recibe es claro: “No confío en tu criterio”, “No eres capaz de decidir por ti mismo” o incluso “Lo que tú sientes no es importante”. Aunque los padres actúen desde la preocupación o el miedo, el hijo no lo vive así.
Poco a poco, la relación se deteriora. El adolescente deja de contar cosas, se vuelve más reservado y distante. ¿Para qué va a confiar en sus padres si cada vez que lo hace recibe juicios, castigos o reproches? Aparece el silencio como forma de autoprotección. También la irritabilidad, el enfado constante o la frialdad emocional. Y, en muchos casos, con razón.
Además, cuando los padres se posicionan como enemigos de la pareja, obligan al hijo a elegir un bando. Y en la adolescencia, esa elección suele alejarle del núcleo familiar. No porque no quiera a sus padres, sino porque necesita sentirse comprendido y respetado en algo que para él es importante.
Si la relación termina rompiéndose y el adolescente siente que ha sido “por culpa” de sus padres, el resentimiento puede ser enorme. La herida no es solo por la ruptura amorosa, sino por la sensación de haber sido traicionado emocionalmente por quienes deberían haberle acompañado.
El impacto emocional en el hijo o la hija
Desde el punto de vista emocional, la situación es altamente estresante. El adolescente vive una auténtica guerra interna: por un lado, el deseo de agradar a sus padres y no decepcionarlos; por otro, la necesidad de ser fiel a lo que siente y quiere. Este conflicto genera ansiedad, culpa, frustración y una gran confusión emocional.
Muchos jóvenes desarrollan una doble vida. Aunque los padres prohíban la relación, la mayoría de las veces la pareja continúa existiendo en secreto. Esto no solo aumenta el riesgo (mentiras, encuentros a escondidas, falta de supervisión), sino que refuerza una dinámica basada en el ocultamiento y la desconfianza, justo lo contrario de lo que los padres desean.
Consecuencias en el ámbito académico y personal
Cuando tres áreas clave de la vida del adolescente están afectadas —la relación de pareja, la familia y su propio equilibrio emocional— es prácticamente imposible que esto no repercuta en lo académico. Falta de concentración, desmotivación, bajada del rendimiento, absentismo emocional e incluso conductas disruptivas pueden aparecer como consecuencia directa del malestar acumulado.
No se trata de falta de interés o de irresponsabilidad, sino de un sistema emocional saturado. Un adolescente en conflicto constante no tiene espacio mental para aprender.
Aceptar no es aprobar
Aceptar la relación no significa que tenga que gustarte. Significa reconocer que es tu hijo quien tiene que vivirla, no tú. Probablemente esa relación dure poco, quizá no “pegue” en absoluto o termine en desilusión. Pero incluso ese dolor forma parte del aprendizaje vital. Nadie aprende sobre el amor sin equivocarse, sin sufrir y sin reconstruirse.
Ese aprendizaje solo es posible cuando el adolescente siente que sus padres están ahí, disponibles, sin juicios ni imposiciones.
Ahora bien, esto no implica mirar hacia otro lado ante situaciones realmente preocupantes. Si observáis faltas de respeto, insultos, control, manipulación o cualquier forma de maltrato, es fundamental hablarlo. Pero hacerlo desde el diálogo, no desde la prohibición. Desde el “me preocupa esto que veo”, no desde el “te lo prohíbo porque yo lo digo”.
Acompañar protege más que controlar
La adolescencia no necesita padres perfectos, necesita padres presentes, coherentes y emocionalmente disponibles. Acompañar, aunque no guste lo que se ve, protege mucho más que controlar. Porque cuando llegue el momento de pedir ayuda, de salir de una relación dañina o de recomponerse tras una ruptura, vuestro hijo solo acudirá a quien sienta que no le va a juzgar.
Y esa confianza, una vez rota, cuesta mucho volver a construirla.