¿Cómo saber si un adolescente necesita ayuda psicológica?
“Es que antes no era así.”
Es una frase que muchos padres pronuncian cuando hablan de sus hijos adolescentes. Antes contaba lo que le pasaba, participaba en las conversaciones familiares o parecía disfrutar de planes que ahora rechaza. De repente, pasa más tiempo en su habitación, responde con monosílabos, se enfada con facilidad y parece querer mantener a los adultos lejos de su mundo.
Y una parte de todo esto pertenece a la adolescencia.
Durante esta etapa aparece una necesidad mayor de intimidad, el grupo de amigos adquiere más importancia y comienza un proceso de separación emocional de la familia. El adolescente necesita construir su identidad, cuestionar algunas normas y descubrir quién es fuera de la mirada de sus padres.
Pero no todo puede explicarse con un “son cosas de la edad”.
A veces, detrás del silencio, la irritabilidad o el aislamiento existe un sufrimiento que el adolescente no sabe cómo expresar. La dificultad está en distinguir entre los cambios propios de esta etapa y las señales que indican que puede necesitar ayuda psicológica.
No hay que observar una conducta aislada
Un día de mal humor no significa que exista un problema. Tampoco una discusión, una mala nota o unas semanas en las que quiera estar más solo.
Para comprender lo que ocurre conviene observar cuatro aspectos: la intensidad del cambio, cuánto tiempo se mantiene, con qué frecuencia aparece y hasta qué punto está interfiriendo en su vida.
No es lo mismo que un adolescente prefiera quedarse en casa un fin de semana que dejar de relacionarse completamente con sus amigos. No es lo mismo suspender un examen que sufrir una caída generalizada del rendimiento. Tampoco es igual estar triste después de una ruptura que permanecer durante semanas sin ilusión, energía o esperanza.
La pregunta no debería ser únicamente: “¿Esta conducta es normal en la adolescencia?”
También podemos preguntarnos:
“¿Esta forma de estar le está impidiendo vivir su vida?”
Cambios emocionales que se mantienen en el tiempo
La tristeza no siempre se presenta como imaginamos. En los adolescentes puede aparecer como irritabilidad, enfado constante, apatía o rechazo hacia las personas que intentan acercarse.
Algunos parecen estar permanentemente a la defensiva. Otros dejan de disfrutar de aquello que antes les interesaba. Abandonan el deporte, los planes, las aficiones o las relaciones y empiezan a vivir los días como si todo les diera igual.
Pero muchas veces no les da igual.
A veces están demasiado cansados emocionalmente para implicarse. O sienten que nadie podría comprender lo que les ocurre. También pueden pensar que pedir ayuda es una muestra de debilidad o que sus problemas no son lo suficientemente importantes.
Conviene prestar atención cuando aparecen tristeza o irritabilidad persistentes, cambios bruscos de ánimo, sensación de vacío, desesperanza, culpa excesiva o comentarios frecuentes de inutilidad.
Especialmente cuando dejan de ser momentos puntuales y empiezan a convertirse en su forma habitual de estar.
El aislamiento y los cambios en sus relaciones
Buscar intimidad es normal. Necesitar desconectar de la familia también.
El problema aparece cuando el adolescente no solo se distancia de sus padres, sino también de sus amigos, compañeros y actividades. Cuando evita sistemáticamente cualquier situación social, deja de responder mensajes o siente que no puede confiar en nadie.
En ocasiones, este aislamiento puede estar relacionado con ansiedad social, miedo al rechazo, una experiencia de bullying, conflictos con el grupo o una autoestima muy dañada.
Desde fuera puede parecer que “no quiere hacer nada”.
Pero quizá quiere y no puede.
Quizá teme volver a sentirse rechazado, juzgado o fuera de lugar. Y permanecer en casa, aunque le haga sentirse más solo, puede parecerle la opción más segura.
Cambios en el sueño, la alimentación y el cuerpo
El malestar psicológico también se expresa a través del cuerpo.
Dormir muy poco, pasar gran parte del día durmiendo, sufrir pesadillas frecuentes, comer de manera compulsiva o restringir demasiado la comida pueden indicar que algo no está funcionando bien.
También pueden aparecer dolores de cabeza, molestias abdominales, sensación de agotamiento, dificultad para concentrarse o episodios de ansiedad con palpitaciones y falta de aire.
Esto no significa que todos los síntomas físicos tengan un origen psicológico. Por eso es importante consultar primero con un profesional sanitario cuando sea necesario.
Pero cuando las pruebas médicas no encuentran una explicación suficiente, conviene preguntarse qué puede estar expresando el cuerpo.
Porque hay emociones que, cuando no encuentran palabras, buscan otras formas de hacerse visibles.
Dificultades en el instituto y conductas de riesgo
Una bajada puntual de notas puede tener muchas explicaciones. Sin embargo, un descenso llamativo del rendimiento, el absentismo, la incapacidad para concentrarse o el rechazo intenso a asistir al instituto pueden ser señales de que el adolescente está atravesando una dificultad.
También debemos prestar atención al consumo de alcohol o drogas, las escapadas, las peleas frecuentes, la conducción temeraria o cualquier conducta en la que parezca no valorar las consecuencias.
A veces estas conductas se interpretan únicamente como rebeldía.
Sin embargo, algunas funcionan como una forma de escapar, anestesiar emociones o sentir algo cuando por dentro existe una gran desconexión.
Comprender lo que hay detrás no significa justificar cualquier comportamiento. Los límites siguen siendo necesarios. Pero poner límites y tratar de entender el dolor pueden ocurrir al mismo tiempo.
Señales que requieren una respuesta inmediata
Hay situaciones en las que no conviene esperar para observar cómo evoluciona.
Las autolesiones, los comentarios sobre no querer vivir, la búsqueda de métodos para hacerse daño, las amenazas hacia otras personas, las alucinaciones o una pérdida evidente de contacto con la realidad requieren atención profesional urgente.
Estas señales nunca deben interpretarse como una forma de llamar la atención sin importancia.
Incluso cuando no existe una intención clara de morir, una autolesión comunica que el adolescente está intentando regular un sufrimiento para el que no encuentra otra salida.
Preguntar directamente si ha pensado en hacerse daño no introduce esa idea en su cabeza. Al contrario, puede abrir una puerta para que deje de vivirla en soledad.
Ante un riesgo inmediato hay que contactar con el 112. En España también está disponible el teléfono 024 para personas con pensamientos o riesgo de conducta suicida y para sus familiares.
¿Cómo proponerle acudir al psicólogo?
La terapia no debería presentarse como una amenaza ni como un castigo por su comportamiento.
“Como sigas así, te llevamos al psicólogo” transmite que acudir a consulta es una consecuencia por estar haciendo algo mal.
Es preferible hablar desde la preocupación:
“Últimamente te vemos pasándolo mal. Puede que no sepamos entender del todo lo que te ocurre, pero queremos ayudarte. Nos gustaría que pudieras hablar con alguien que te escuche sin juzgarte.”
Quizá al principio se niegue. Es importante escuchar sus miedos, explicarle en qué consiste la terapia y permitir que participe en la elección del profesional siempre que sea posible.
Pedir ayuda no significa convertir cada emoción en un problema psicológico.
Significa reconocer cuándo un adolescente lleva demasiado tiempo intentando sostener solo algo que le supera.
A veces no dirá “necesito ayuda”.
A veces lo dirá dejando de salir. Enfadándose por todo. Durmiendo demasiado. Dejando de comer. Suspendiendo. Arriesgándose. O repitiendo que nada importa.
La tarea de los adultos no es adivinarlo todo.
Pero sí permanecer lo suficientemente cerca como para reconocer cuándo su conducta ha empezado a contar una historia que sus palabras todavía no pueden explicar.