¿Cuándo llevar a un niño al psicólogo?

“¿Esto que le ocurre es normal o deberíamos pedir ayuda?”

Es una pregunta que escucho con frecuencia en consulta. Suele aparecer después de varias semanas de preocupación, conversaciones familiares y búsquedas en internet. A veces los padres sienten que quizá están exagerando. Otras veces piensan que deberían esperar un poco más, que ya se le pasará o que solo es una etapa.

Y es verdad que los niños atraviesan etapas.

Tienen rabietas, sienten miedo, se enfadan, desafían las normas, duermen peor durante algunos periodos y pueden mostrarse más sensibles ante determinados cambios. No todo comportamiento difícil significa que exista un problema psicológico. Pero tampoco todo el sufrimiento infantil desaparece simplemente con el tiempo.

Entonces, ¿cómo podemos saber cuándo un niño necesita acudir al psicólogo?

La respuesta no depende únicamente de la conducta que observamos, sino de algo más amplio: cuánto tiempo lleva ocurriendo, con qué intensidad aparece y hasta qué punto está interfiriendo en su vida.

No hay que esperar a que el problema sea grave

Todavía existe la idea de que acudir al psicólogo es el último recurso. Como si primero hubiera que probarlo todo, esperar durante meses y llegar a una situación insostenible para pedir ayuda.

Pero la psicología no interviene únicamente cuando existe un trastorno o cuando la familia ya no sabe qué hacer. También puede ayudar a comprender qué está ocurriendo, prevenir que una dificultad aumente y ofrecer herramientas antes de que el malestar ocupe demasiado espacio.

Llevar a un niño al psicólogo no significa asumir que “tiene algo”.

Significa reconocer que quizá está intentando afrontar una situación para la que todavía no dispone de los recursos necesarios.

Porque los niños no siempre pueden explicar con palabras lo que sienten. En muchas ocasiones, su manera de pedir ayuda aparece a través de la conducta.

Cuando el comportamiento intenta decir algo

Un adulto puede decir: “Estoy preocupado”, “me siento solo” o “esta situación me está superando”. Un niño, especialmente si es pequeño, quizá no tenga el lenguaje emocional necesario para hacerlo.

En su lugar, puede empezar a dormir mal.

Puede mostrarse más irritable.

Puede tener rabietas frecuentes, volver a hacerse pis, negarse a ir al colegio, quejarse continuamente de dolor de barriga o dejar de disfrutar de cosas que antes le gustaban.

Desde fuera, algunas de estas conductas pueden parecer desobediencia, capricho o una forma de llamar la atención. Sin embargo, muchas veces son intentos de comunicar algo que el niño todavía no sabe expresar de otra manera.

Por eso, además de preguntarnos “¿cómo conseguimos que deje de hacerlo?”, conviene plantearnos otra pregunta:

“¿Qué puede estar intentando decirnos con esta conducta?”

Algunas señales a las que prestar atención

Puede ser recomendable consultar con un psicólogo infantil cuando aparecen cambios emocionales o de comportamiento que se mantienen en el tiempo, aumentan de intensidad o afectan a distintas áreas de su vida.

Entre estas señales podemos encontrar:

* Miedos o preocupaciones que limitan sus actividades.

* Tristeza, irritabilidad o aislamiento persistentes.

* Rabietas muy intensas o difíciles de regular.

* Problemas frecuentes de sueño o pesadillas.

* Quejas físicas repetidas sin una causa médica que las explique.

* Rechazo continuado a ir al colegio.

* Descenso significativo del rendimiento escolar.

* Dificultades importantes para relacionarse con otros niños.

* Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba.

* Conductas agresivas hacia sí mismo, otras personas o animales.

* Regresiones, como volver a hacerse pis o necesitar conductas propias de etapas anteriores.

* Cambios llamativos en la alimentación.

* Expresiones frecuentes de culpa, inutilidad o rechazo hacia sí mismo.

Una señal aislada no permite saber qué le ocurre a un niño. Unos días de tristeza, una rabieta especialmente intensa o una mala semana en el colegio pueden formar parte de la vida cotidiana.

Lo importante es observar el conjunto.

La frecuencia. La intensidad. La duración. El contexto.

Y, sobre todo, cuánto sufrimiento está provocando.

También después de experiencias difíciles

No siempre es necesario esperar a que aparezcan síntomas evidentes. Hay situaciones vitales que pueden ser difíciles de procesar para un niño, incluso cuando aparentemente “lo lleva bien”.

Una separación, la muerte de alguien cercano, una adopción, un cambio de colegio, una enfermedad, el nacimiento de un hermano, una situación de acoso, una experiencia traumática o un conflicto familiar importante pueden alterar su sensación de seguridad.

Algunos niños reaccionan inmediatamente. Otros tardan semanas o meses. Y algunos se muestran excesivamente tranquilos porque todavía no se sienten preparados para expresar lo que ocurre por dentro.

Que un niño no hable del tema no significa necesariamente que no le esté afectando.

A veces el silencio también protege.

¿Y si los padres no están seguros?

No hace falta tener un diagnóstico ni saber exactamente cuál es el problema antes de consultar. Precisamente una primera valoración sirve para comprender la situación y decidir si el niño necesita iniciar un proceso terapéutico, si bastan algunas orientaciones para la familia o si conviene observar su evolución.

En algunos casos, unas pocas sesiones pueden ayudar a ordenar lo que está ocurriendo. En otros, será necesario un acompañamiento más prolongado. Y también puede suceder que el profesional considere que la conducta forma parte de su desarrollo y no requiere tratamiento.

Consultar no obliga a comenzar una terapia.

Pero sí puede evitar que la familia permanezca sola durante meses intentando interpretar señales que no termina de comprender.

Cómo hablar con el niño sobre la visita

Ir al psicólogo nunca debería presentarse como un castigo ni como una consecuencia por haberse portado mal.

Frases como “te voy a llevar al psicólogo porque ya no podemos contigo” pueden hacer que el niño se sienta culpable, defectuoso o responsable de todo el malestar familiar.

Es preferible explicarlo con sencillez:

“Sabemos que hay cosas que últimamente te están resultando difíciles y vamos a conocer a una persona que puede ayudarnos a entenderlas.”

Porque en terapia infantil no se trabaja únicamente con el niño. También se escucha a la familia, se comprende el contexto y se buscan nuevas formas de acompañarlo.

El objetivo no es arreglar a un niño roto.

Es ofrecerle un espacio seguro donde pueda expresar, jugar, comprender y elaborar aquello que todavía no sabe explicar.

Pedir ayuda no significa que los padres hayan fracasado. Significa que han sido capaces de mirar más allá de la conducta y reconocer que su hijo puede necesitar apoyo.

A veces no tenemos que esperar a que un niño sepa pedir ayuda.

A veces somos los adultos quienes debemos aprender a escuchar cómo la está pidiendo.

¿Cuándo llevar a un niño al psicólogo?

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